Las cenas románticas no son comunes por
la crisis económica y porque son vistas como un 'cliché'.
La cultura romántica se volvió un ciclo de
textos electrónicos y encuentros improvisados.
Tal vez fue porque se habían conocido a través de la página OkCupid. Pero
cuando el músico de ojos oscuros y corte despeinado invitó a Shani Silver,
administradora de redes sociales y blogs de Filadelfia, a una ‘cita’ de viernes
por la noche, ella esperaba que, al menos, tomaran un trago solos.
"Eran las diez de la noche y no tenía noticias de él", dice Shani, de 30
años, que se había puesto un jean negro ajustado, su preferido. Finalmente, a
las 10:30 p.m., recibió un mensaje. "Estoy en el Pub & Kitchen, ¿vienes a
tomar algo?", le escribió el chico, y agregó: "Estoy acá con una montón de
amigos de la universidad".
Shani le contestó con un mensaje, rechazando la propuesta. Pero siente que
tal vez tendría que haber bajado sus expectativas. "Casi que la palabra ‘cita’
debería ser borrada del diccionario -dice. La cultura de las citas ha
evolucionado hasta convertirse en un ciclo de mensajes de texto, y para
interpretarlos hacen falta las habilidades de desciframiento de un espía de la
Guerra Fría".
¿Una cena romántica en un restaurante? Olvídenlo. Actualmente, las
veinteañeras pueden sentirse afortunadas si reciben un mensaje de texto de
último momento en el que se les invita a ‘sumarse’ al plan. Crecidos en la era
de la llamada ‘cultura del levante’, la generación del milenio -que ya está
alcanzando la edad en la que empiezan a pensar en sentar cabeza-, están
subvirtiendo las reglas del cortejo amoroso. En vez del combo de cena y cine,
algo que suena más obsoleto que un teléfono de disco, esta generación se
encuentra a través de mensajes de texto, ‘posts’ en Facebook, mensajes
instantáneos y otras ‘no-citas’, sin saber en definitiva cómo conseguirse un
novio o novia de verdad.
"Lo que antes era una cita ahora es ‘verse por ahí’", dice Denise Hewett, una
neoyorquina de 24 años, productora asociada de televisión, que actualmente
trabaja en el armado de un programa sobre este nuevo y frustrante panorama de la
vida romántica. Tal como le dijo hace un tiempo un amigo: "No me gusta hacer
citas con las chicas. Prefiero invitarlas a que vengan a hacer lo que estoy
haciendo, ya sea ir a un evento o a un concierto".
La culpa es del tan mentado auge de la ‘cultura del levante’ entre los
jóvenes, que se caracteriza por los encuentros románticos espontáneos y sin
ataduras, por lo general fogoneados por el alcohol. Muchos de los actuales
estudiantes jamás han tenido una cita tradicional, dice Donna Freitas, profesora
de religión y estudios de género en las universidades de Boston y Hofstra, y
autora del libro de próxima aparición ‘The End of Sex: How Hookup Culture is
Leaving a Generation Unhappy, Sexually Unfulfilled, and Confused About Intimacy’
(‘El fin del sexo: cómo la ‘cultura del levante’ está haciendo infeliz, dejando
sexualmente insatisfecha y confundida sobre la intimidad a toda una
generación’).
Los ‘levantes’ tal vez estén bien para los estudiantes universitarios, pero
¿qué pasa después, cuando empiezan a construirse una vida de adultos? En
entrevistas con estudiantes, Freitas descubrió que muchos de los que están por
recibirse no conocen los rudimentos básicos de una cita tradicional. "Se
preguntan, ¿si me gusta alguien, cómo me acerco? ¿Qué hay que decir? ", dice
Freitas.
Tal vez eso explique por qué las "citas" de veinteañeros se parecen más a
‘levantes’ universitarios. Lindsay, de 25 años, gerente de marketing online en
Manhattan, recuerda una reciente ‘no-cita’ que tuvo la elegancia de una parada
de manos sobre un barril de cerveza. Después de una velada en la que intercambió
miradas seductoras con un guardaespaldas de una discoteca de Williamsburg, el
fortachón las invitó a ella y a sus amigas a su departamento para tomarse un
whisky y comer fideos con queso.
Cuando ella aceptó, él levantó a la joven y la cargó como una bolsa de papas
sobre sus hombros. Ella recuerda que la llevó así hasta su casa, arrastrando a
sus amigas y a sus hermanos, y que bailaron en un departamento diminuto al son
de unos ‘remixes’ de Ratatat y MGMT". Lindsay pasó la noche en el departamento,
dando inicio a un ciclo de encuentros semanales, precedidos por mensajes de
texto que llegaban los jueves y que decían: "Hola, ¿qué vas a hacer este fin de
semana?". La historia terminó en unos cuatro meses.
Los expertos en relaciones interpersonales apuntan a la tecnología como otro
de los factores que ha puesto patas arriba la cultura de las citas. El cortejo
tradicional -levantar el teléfono e invitar a alguien a salir- exigía coraje,
planificación estratégica y un considerable riesgo para el ego (por teléfono,
los rechazos duelen). Pero no ocurre lo mismo con los mensajes de texto, los
‘mails’, el Twitter y otras formas de "comunicación asincrónica", como las
llaman los tecnólogos. En el contexto de una cita, esas formas de comunicación
hacen que se pierda gran parte del encanto. Es más como tirar una línea y
esperar que alguien pique.
"He visto a hombres que se esfuerzan más por encontrar una película para ver
en Netflix que en redactar un mensaje coherente para invitar a una mujer a
salir", dice Anna Goldfarb, de 34 años, escritora y bloguera de Moorestown,
Nueva Jersey. Otra típica y molesta pregunta de último momento es: "¿Hay algo
divertido esta noche?". Más molestos aún son los hombres que simplemente mandan
un "Hola" o "¿En qué andas?"."¿En qué voy a andar?", dice Anna. "En la casa de
mi amiga, tomando vino barato."
Los servicios de citas ‘online’, que ya cuentan con una aceptación
generalizada, refuerzan ese abordaje hipercasual, al multiplicar por mil el
número de potenciales candidatos. Frente a una lista interminable de solteros y
solteras para elegir, muchos sienten el síndrome de MAPA (‘miedo a perderse de
algo’), así que optan por la cita veloz, que les permite pasar revista a muchos
candidatos. Eso también implica que los candidatos deben asegurarse de que esos
encuentros sean informales y baratos.
¿Una cena elegante? "Es como postularse para un empleo por Internet, donde
uno puede apuntar a muchas personas al mismo tiempo o como el juego de los
dardos: alguno termina por dar en el blanco", dice Joshua Sky, de 26 años,
coordinador de marcas de Manhattan, al describir la actitud de muchos
veinteañeros solteros. Ese enfoque tipo ‘spam’ para las citas requiere que uno
"rebaje los costos, vaya a un bar o a tomar un café la primera vez", porque,
según señala Joshua, "uno solo quiere invertir en la candidata de la que más
puede obtener".
Si los sitios de citas ‘online’ han acelerado esa tendencia, también sacan
provecho de ella. Hay nuevos servicios, como Grouper, que ya no se ocupan tanto
de formar parejas, sino de armar citas grupales, reuniendo a dos grupos de
amigos para una misma salida.
The Gaggle, un sitio de comentarios y consejos sobre citas, ayuda a las
jóvenes a moverse en este nuevo panorama, impulsando las ‘no- citas’, que
incluyen las ‘no-citas grupales’ y las ‘redes de no-citas’. Las fundadoras del
sitio, Jessica Massa y Rebecca Wiegand, dicen que en un mundo donde el cortejo
está cambiando rápidamente, las mujeres deben aceptar que un intercambio picante
de tuits o una mirada intensa también son oportunidades románticas.
Existe también otra razón por la cual los solteros ‘habilitados por la Web’
están haciendo que las citas tradicionales se vuelvan obsoletas. Si el propósito
de una primera cita es enterarse de la vida de alguien, de su educación, sus
inclinaciones políticas y gustos culturales, Google y Facebook ya se han ocupado
de esos temas. "Hoy, todos tenemos un máster en espionaje por Internet", dijo
Andrea Lavinthal, autora de ‘The Hookup Handbook’ (‘Manual del levante’).
"La investigación ‘online’ que puede hacerse de otra persona genera una falsa
sensación de intimidad que hace que la primera cita parezca innecesaria. La
gente cree que ya sabe todo del otro, cuando en realidad lo único que sabe es
que es fanático de la serie ‘Homeland’".
La incierta perspectiva económica que enfrenta la generación del milenio
también ayudó a ponerles la lápida a los antiguos rituales de una cita formal.
Frente a la prolongada recesión, el estancado mercado laboral y una montaña de
deudas estudiantiles, muchos varones jóvenes simplemente no pueden afrontar una
cena o una salida costosa con alguien con quien tal vez no tengan ‘chispa’.
Otra de las complicaciones que se suma es el cambio de la dinámica del poder
entre los géneros, tal como lo reflejan diversos estudios realizados en los
últimos años, dijo Hanna Rosin, autora del libro ‘The End of Men’ (‘El fin de
los hombres’).
Un muy publicitado estudio de Reach Advisors, un grupo de investigaciones de
mercado con sede en Boston, reveló que en muchas de las grandes ciudades de
Estados Unidos, los ingresos medios de una mujer joven, soltera y sin hijos son
más altos que los de un varón (aunque, según señala James Chung, presidente de
la firma, los hombres siguen ocupando los puestos mejor pagos).
Tal vez por eso no sea nada raro que al entrar al restaurante más de moda del
West Village un sábado por la noche uno encuentre cinco mujeres elegantemente
vestidas cenando juntas, y que el varón más cercano sea el mesero.
Así, la igualdad o superioridad salarial de las mujeres pone en jaque el
antiguo esquema de las citas dominadas por varones. Un hombre "es capaz de
convencerse de que las citas son cosa del pasado, una reliquia de la era
paternalista, porque en realidad no puede permitirse invitar a una mujer a cenar
afuera", dice Rosin. Es más, en la actualidad, muchos hombres jóvenes no tienen
experiencia en citas formales y se sienten prácticamente obligados a referirse a
ese proceso con ironía y desdén.
En otras palabras, ahora la palabra "cita" suele ir entrecomillada porque a
ellos les preocupa demasiado que "la mujer pueda ofenderse si la citan a la
manera tradicional", dice Rosin. "Hoy en día es difícil entender lo que espera
exactamente una mujer", agrega. "El hombre ya no sabe si al elegir el vino sin
consultarla estará complaciendo las necesidades de ella de tener un romance a la
antigua o si la estará ofendiendo por su conducta machista".
De hecho, actuar anticipadamente puede enviar el mensaje de que el hombre
está listo para pasar a algo serio, algo que muy pocos veinteañeros están
preparados para hacer, dice Lex Edness, guionista televisivo de Los Ángeles.
"Muchos lo piensan dos veces antes de invitar a una mujer a comer a un
restaurante francés o de comprarle un regalo costoso, ya que esos pasos pueden
ser interpretados como que a la larga se terminarán casando", dice Edness, de 27
años.
En una economía en crisis, la mayoría de los hombres ni siquiera sueña con
poder mantener una familia antes de los 30 o 35 años de edad, señala Edness. "Es
mucho más fácil conocer gente en un plano de mayor igualdad, en citas más
casuales", comenta. "Se corren menos riesgos".
Cheryl Yeoh, empresaria tecnológica de San Francisco, dice que últimamente ha
tenido muchas citas formales: obras de teatro, restaurantes de moda. Uno de los
candidatos hasta se apareció con un ramo de rosas rojas. Para ella, las viejas
tradiciones siguen vigentes, por el simple hecho de que se niega a conformarse
con menos. Por lo general, Cheryl rechaza cualquier cita que no se fije con una
semana de antelación, un plazo que de por sí ya implica cierto grado de
reflexión y convencimiento. "Si realmente quiere conocerte", dice Cheryl, de 29
años, "tiene que esforzarse un poco".