Procrastinar es un verbo poco
conocido, poco pronunciado, pero, como todo verbo que implica una acción, muy
practicado. De hecho, el 95 por ciento de la humanidad lo ejerce casi y a
conciencia.
Para dar pistas sobre este verbo
piense en qué tan a menudo pospone lo que tiene que hacer, más allá de lo
razonable; si lamenta casi siempre no haber hecho antes lo que había que hacer;
si con frecuencia deja aspectos de su vida para otro momento, aunque sabe que
no debería hacerlo; si al final del día siente que podría haber empleado mejor
su tiempo; si pospone las cosas hasta el punto que su bienestar o eficiencia se
resienten innecesariamente…
Eso es procrastinar, aplazar,
diferir, según el diccionario.
Eso no tiene nada de malo, hay
ocasiones en las que hay que posponer las cosas porque no es el momento
oportuno, o porque la prudencia así lo aconseja.
“En su elección de qué hará ahora
y qué dejará para después es donde radica la procrastinación, no en la dilación
en sí”, escribe Piers Steel en su libro Procrastinación.
“Desde que apareció por primera
vez en inglés en el siglo XVI, la palabra procrastinación no se ha referido
simplemente a posponer algo, sino a hacerlo irracionalmente; es decir, a cuando
posponemos tareas de forma voluntaria pese a que nosotros mismo creemos que esa
dilación nos perjudicará.
Cuando procrastinamos, sabemos
que estamos actuando en contra de lo que nos conviene”, dice.
Como quien dice, en este caso
funciona a la perfección esa frase de Mark Twain: “no dejes nunca para mañana
lo que puedas hacer pasado mañana”.
Así, dejar para el día siguiente
la revisión y limpieza del correo electrónico; aplazar nuevamente esa dieta
pendiente o el comenzar a hacer ejercicio como le recomendó el médico; navegar
un buen rato en Internet antes de lanzarse a hacer ese informe que debe
entregar en un par de horas; dejar para después la reserva de los tiquetes
aéreos sabiendo que ya llega la temporada alta; o no ponerle fecha todavía a la
reunión que tanto teme, entran en la lista de procrastinar.
RECUPERAR LA CONFIANZA Y
PONER PEQUEÑAS METAS
Muchos procrastinadores dudan de
su capacidad de triunfar y por ello dejan de esforzarse, de ahí que no se
afronten los retos grandes. Una vez desaparece el esfuerzo, viene el fracaso.
Al plantearse esas nuevas metas
piense en ser voluntario, en adquirir una nueva destreza, en organizar ese
viaje a donde siempre ha querido ir, tome clases de algo que le exija.
Para recuperar la confianza en el
logro, hay que proponerse una serie progresista de metas difíciles, pero
asequibles, así se maximiza la motivación y se le vuelve a dar significado al
logro.Ver películas inspiradoras le puede ayudar a recuperar el optimismo, lo mismo que leer biografías inspiradoras o charlar con personas triunfadoras o superadas.