Cuando no estás mal, pero ya no estás avanzando


Hay momentos en los que una persona no está derrotada, pero tampoco está realmente viviendo con dirección.

Cumple. Responde mensajes. Atiende reuniones. Resuelve problemas. Paga cuentas. Mantiene conversaciones. Incluso puede sonreír, producir resultados y conservar una apariencia razonable de normalidad.

Por fuera, nada parece suficientemente grave como para detenerse.

Por dentro, sin embargo, algo ha dejado de moverse.

No necesariamente hay una crisis visible. No siempre existe una tristeza intensa. Tampoco tiene que haber un acontecimiento dramático que explique lo que sucede. Lo que aparece es más silencioso: una disminución progresiva del interés, de la iniciativa, de la capacidad de entusiasmarse y, sobre todo, de la voluntad para modificar aquello que ya sabemos que necesita cambiar.

Podemos llamar a ese estado marasmo emocional.

No utilizo la expresión como diagnóstico clínico. No es una categoría que deba confundirse con depresión, burnout u otra condición de salud mental. La utilizo para describir una experiencia humana reconocible: permanecer demasiado tiempo funcionando sin sentir que estamos avanzando verdaderamente.

Esa diferencia importa.

La Organización Mundial de la Salud caracteriza la depresión por síntomas que pueden incluir ánimo bajo persistente o pérdida de interés y placer durante períodos prolongados, mientras que el burnout está definido específicamente como un fenómeno relacionado con estrés crónico en el trabajo que no ha sido gestionado adecuadamente. Son condiciones que no deberían reducirse a una expresión coloquial.

El marasmo emocional del que hablo aquí puede parecerse superficialmente a algunos de esos estados, pero mi interés está en otra pregunta:

¿Qué ocurre cuando una persona todavía puede funcionar, pero ha empezado a renunciar silenciosamente a transformar su propia vida?

Ahí comienza el verdadero problema.

El estancamiento más peligroso no siempre se siente como sufrimiento

Nos han enseñado a reconocer con relativa facilidad las grandes crisis.

Una quiebra obliga a reaccionar. Una enfermedad modifica prioridades. Una separación altera la rutina. Un despido cambia las condiciones económicas. Una confrontación seria exige tomar posición.

Pero existe otra clase de deterioro mucho más difícil de reconocer: aquel que permite continuar.

La persona conserva suficientes recursos para cumplir, pero cada vez utiliza menos energía para cuestionar hacia dónde está llevando su vida.

No abandona el trabajo que la consume.

Tampoco decide quedarse conscientemente.

No termina una relación deteriorada.

Pero deja de intentar comprenderla.

No cambia un modelo empresarial que sabe agotado.

Sin embargo, continúa administrándolo.

No renuncia a sus aspiraciones.

Simplemente deja de ponerles fecha.

Y ahí aparece una de las trampas más profundas del marasmo: la ausencia de una catástrofe se interpreta como evidencia de que todavía estamos bien.

Pero sobrevivir funcionalmente no significa necesariamente estar viviendo de manera coherente.

Una organización puede facturar mientras pierde relevancia.

Una pareja puede seguir compartiendo vivienda mientras pierde intimidad.

Una persona puede conservar empleo mientras pierde sentido.

Un empresario puede mantener su compañía mientras deja de imaginar su futuro.

Todo continúa.

Y precisamente porque continúa, nadie declara la emergencia.

La voluntad rara vez desaparece de un día para otro

Cuando alguien pierde iniciativa, solemos atribuirlo rápidamente a falta de disciplina.

“Necesito organizarme.”

“Tengo que volver a enfocarme.”

“Debo dejar de procrastinar.”

“Me hace falta motivación.”

Es posible que alguna de esas cosas sea cierta. Pero muchas veces estamos interpretando como problema de productividad algo que pertenece a una capa más profunda.

La voluntad necesita una expectativa mínima de que actuar tiene sentido.

Cuando una persona intenta cambiar repetidamente una situación y no obtiene resultados; cuando propone, conversa, espera, vuelve a intentar y termina encontrando siempre la misma respuesta; cuando acumula decisiones aplazadas porque ninguna parece suficientemente segura, comienza a deteriorarse algo fundamental: la percepción de capacidad de incidencia.

La psicología ha estudiado fenómenos relacionados con la llamada indefensión aprendida: después de experiencias repetidas de falta de control, una persona puede reducir sus intentos posteriores de modificar una situación, aun cuando las condiciones hayan cambiado. La investigación contemporánea continúa relacionando estos mecanismos con motivación, percepción de control y determinados cuadros de sufrimiento psicológico.

No significa que toda persona estancada padezca indefensión aprendida.

Significa algo más sencillo y humanamente importante:

cuando demasiados esfuerzos parecen inútiles, dejamos de invertir energía con la misma convicción.

Ese aprendizaje puede trasladarse silenciosamente a muchas áreas.

Después de varias conversaciones infructuosas, dejamos de hablar.

Después de varios proyectos frustrados, dejamos de proponer.

Después de varias decepciones afectivas, empezamos a llamar “madurez” a nuestra distancia emocional.

Después de muchos años trabajando sin encontrar sentido, comenzamos a pensar que esperar algo diferente es ingenuidad.

Y después de suficientes decisiones postergadas, podemos terminar construyendo una explicación muy sofisticada para justificar nuestra inmovilidad.

A veces no estamos cansados de hacer; estamos cansados de esperar

Hay un cansancio que se resuelve durmiendo.

Hay otro que no.

Uno puede tomarse unos días libres, desconectarse del teléfono, viajar, descansar y regresar aparentemente recuperado. Pero después de algunas semanas reaparece la misma sensación.

¿Por qué?

Porque el problema quizá no era simplemente exceso de actividad.

Era la distancia entre lo que hacemos y aquello que consideramos significativo.

Podemos cansarnos de sostener una empresa que ya no representa lo que queremos construir.

De ocupar un cargo al que llegamos con entusiasmo y que ahora solo conservamos porque paga bien.

De una relación donde hace tiempo reemplazamos conversación por logística.

De una responsabilidad familiar asumida durante años sin revisar sus límites.

De demostrar fortaleza cuando en realidad necesitaríamos reconocer agotamiento.

Incluso podemos cansarnos de una versión de nosotros mismos que fue útil durante décadas, pero que ya no responde a las preguntas actuales.

La vida adulta tiene una característica incómoda: muchas de nuestras prisiones no fueron impuestas.

Las construimos con decisiones que alguna vez tuvieron sentido.

Una profesión.

Una empresa.

Un matrimonio.

Una posición social.

Un modelo económico.

Un estilo de liderazgo.

Una manera de relacionarnos.

Nada de eso tiene que haber sido un error.

El problema comienza cuando seguimos defendiendo una decisión antigua únicamente porque fue correcta en otro momento.

El precio económico de permanecer emocionalmente detenido

El marasmo no pertenece solamente a la vida privada.

También entra a las empresas.

Lo he observado muchas veces como dinámica humana: cuando las personas dejan de creer que sus decisiones pueden modificar verdaderamente el rumbo, comienzan a administrar en lugar de transformar.

Y administrar lo conocido suele sentirse más seguro que cuestionarlo.

Entonces aparecen empresas llenas de actividad pero pobres en movimiento.

Reuniones.

Indicadores.

Correos.

Presentaciones.

Presupuestos.

Proyectos.

Nuevas plataformas.

Más tecnología.

Incluso inteligencia artificial.

Todo parece indicar modernización, aunque el núcleo de las decisiones permanezca intacto.

La tecnología puede acelerar procesos, analizar información y ampliar capacidades. Pero no puede resolver por sí sola una organización que ha perdido claridad sobre qué problema merece resolver.

Una empresa emocionalmente agotada puede comprar mejores herramientas y continuar tomando las mismas decisiones.

Un directivo inseguro puede recibir mejores datos y seguir aplazando conversaciones difíciles.

Un equipo sin confianza puede disponer de inteligencia artificial y utilizarla para producir más documentos, no mejores decisiones.

La tecnología amplifica capacidades.

También puede amplificar confusión.

Cuando una organización lleva años evitando una decisión estructural, digitalizar el problema no significa haberlo resuelto.

El marasmo también se disfraza de prudencia

Aquí aparece una distinción especialmente delicada.

Hay momentos en que esperar es sensato.

No toda decisión debe tomarse rápidamente. La experiencia enseña que muchas equivocaciones provienen precisamente de actuar sin comprender suficiente información.

Pero la prudencia tiene propósito.

La postergación indefinida tiene miedo.

¿Cómo distinguirlas?

La prudencia utiliza el tiempo para comprender mejor.

El estancamiento utiliza el tiempo para evitar decidir.

Quien está siendo prudente puede explicar qué información necesita, qué escenario está evaluando y cuándo revisará nuevamente su decisión.

Quien está atrapado suele repetir:

“Todavía no es el momento.”

“Después veremos.”

“Cuando las cosas mejoren.”

“Necesito pensarlo un poco más.”

“Esperemos qué pasa.”

Meses después, las palabras siguen siendo las mismas.

Y mientras esperamos condiciones perfectas, una decisión también está ocurriendo: estamos permitiendo que la situación actual continúe.

No decidir no nos libera de las consecuencias.

Solo nos impide reconocer nuestra participación en ellas.

“Yo soy así” puede convertirse en una renuncia elegante

Hay frases aparentemente inocentes que merecen atención.

“Yo siempre he sido así.”

“A mi edad uno ya no cambia.”

“Así funciona este negocio.”

“Mi pareja es así.”

“Mis hijos ya saben cómo soy.”

“Mis empleados nunca van a entender.”

Cada una puede contener parte de verdad.

Pero también puede funcionar como cierre anticipado de una conversación que todavía no hemos querido tener.

La identidad se vuelve peligrosa cuando la utilizamos para proteger hábitos.

Una persona puede confundir carácter con rigidez.

Experiencia con certeza.

Lealtad con permanencia.

Paciencia con resignación.

Estabilidad con inmovilidad.

Y madurez con pérdida de deseo.

El problema no consiste en cambiar por cambiar.

Consiste en reconocer cuándo nuestra historia, en lugar de ofrecernos criterio, comienza a utilizarse como argumento para no revisar nada.

Quienes llevamos suficientes años tomando decisiones sabemos que la experiencia tiene una doble cara.

Nos permite reconocer patrones.

Pero también puede volvernos demasiado confiados en patrones que pertenecen a un mundo anterior.

Eso ocurre en la empresa, en las relaciones y en la vida personal.

La experiencia debería mejorar nuestras preguntas, no volver innecesarias las preguntas.

Superar el marasmo no comienza buscando motivación

La motivación tiene una reputación que probablemente no merece.

Esperamos sentirnos motivados para comenzar.

Pero con frecuencia la claridad aparece después de actuar, no antes.

No necesitamos una revolución emocional.

Necesitamos recuperar capacidad de incidencia.

Y para hacerlo conviene abandonar por un momento la gran pregunta —“¿qué voy a hacer con mi vida?”— y enfrentar una pregunta mucho más incómoda:

¿Qué situación concreta estoy tolerando desde hace demasiado tiempo?

No aquella que depende completamente de otros.

No la que quisiéramos resolver mágicamente.

La que contiene alguna decisión propia pendiente.

Tal vez sea una conversación.

Una revisión financiera.

Una evaluación médica.

Una redefinición profesional.

Un límite.

Una renuncia.

Una solicitud de ayuda.

Una decisión empresarial.

Una hora diaria recuperada.

Un compromiso abandonado.

Una promesa que debemos dejar de hacernos.

El movimiento psicológico importante ocurre cuando dejamos de percibir nuestra vida como una totalidad inmanejable y volvemos a identificar espacios específicos donde todavía podemos intervenir.

No todo depende de nosotros.

Pero casi nunca nada depende de nosotros.

Entre esas dos posiciones se encuentra el territorio adulto de la responsabilidad.

No todo debe resolverse solo

Existe otra distorsión frecuente, especialmente entre personas acostumbradas a dirigir, proveer o resolver problemas: pensar que pedir ayuda equivale a perder autonomía.

No.

A veces es exactamente lo contrario.

Es utilizar correctamente nuestros recursos.

Hay experiencias de apatía, pérdida de interés, fatiga, alteraciones del sueño, dificultad para concentrarse o sensación persistente de desesperanza que merecen evaluación profesional, especialmente cuando son intensas, prolongadas o afectan el funcionamiento cotidiano. El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos incluye varios de esos síntomas entre las señales posibles de depresión, y la OMS subraya que la depresión es diferente de las fluctuaciones normales del estado de ánimo.

Por eso sería irresponsable convertir todo estancamiento en un problema de actitud.

No todo se soluciona tomando mejores decisiones.

Hay momentos en que necesitamos psicoterapia, valoración médica, acompañamiento profesional o una combinación de apoyos.

Reconocerlo también es criterio.

La responsabilidad personal no consiste en creer que debemos resolverlo todo solos.

Consiste en reconocer qué necesitamos hacer y buscar los recursos adecuados para hacerlo.

La pregunta que realmente rompe el estancamiento

Quizá una persona no necesite cambiar de empresa, terminar su relación, abandonar su profesión ni mudarse de ciudad.

Las decisiones drásticas tienen una seducción particular porque producen sensación inmediata de movimiento.

Pero movimiento no siempre significa transformación.

Podemos cambiar de escenario conservando exactamente el mismo conflicto.

Cambiar de empresa y repetir nuestra relación con la autoridad.

Cambiar de pareja y repetir nuestra incapacidad para poner límites.

Comprar otra tecnología y conservar un modelo de negocio obsoleto.

Cambiar de ciudad llevando intactas nuestras evasiones.

Por eso, antes de preguntar “¿qué tengo que cambiar?”, conviene formular otra pregunta:

¿Qué estoy evitando comprender?

Tal vez ahí se encuentre el verdadero punto de partida.

Porque una vez comprendemos con suficiente claridad qué estamos sosteniendo, por qué lo sostenemos y cuál es su costo, seguir igual deja de ser completamente inconsciente.

Entonces aparece la responsabilidad.

No necesariamente para actuar de inmediato.

Sí para dejar de fingir que no sabemos.

Ese puede ser el primer movimiento importante para salir del marasmo emocional: recuperar una relación honesta con la realidad.

Reconocer que algo está agotado.

Aceptar que determinada etapa terminó.

Admitir que una relación necesita otra conversación.

Reconocer que el negocio requiere decisiones que hemos aplazado.

Aceptar que nuestros hábitos no corresponden con nuestras prioridades.

O comprender que necesitamos ayuda especializada.

La voluntad no siempre se recupera mediante entusiasmo.

Muchas veces se reconstruye después de recuperar sentido, capacidad de decisión y una evidencia concreta de que todavía podemos intervenir sobre nuestra realidad.

La vida no permanece inmóvil mientras nosotros dudamos.

Los mercados cambian.

Las personas cambian.

Nuestros cuerpos cambian.

Las relaciones cambian.

Las posibilidades también.

Por eso el costo del marasmo no es solamente aquello que estamos sufriendo hoy.

También son las decisiones que dejamos de tomar mientras todavía estaban disponibles.

No necesitamos vivir permanentemente transformándonos.

Necesitamos algo más sobrio: conservar la capacidad de reconocer cuándo permanecer ha dejado de ser una elección consciente y se ha convertido simplemente en costumbre.

Tal vez ahí empieza una conversación verdaderamente importante.

No sobre cómo recuperar la motivación.

Sino sobre qué decisión necesita nuevamente nuestro criterio.

Si este tema está tocando una decisión que vienes aplazando y consideras valioso conversar sobre ella desde una perspectiva estratégica y humana —o llevar esta reflexión a una conferencia o masterclass— puedes encontrarme aquí:

https://t.mtrbio.com/JCMD

Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

Mensaje final

Hay estancamientos que no nos detienen: nos acostumbran.
Y cuando la costumbre reemplaza la decisión, el tiempo termina decidiendo por nosotros.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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