Leer ya no se está perdiendo: se está dejando de abrazar




No nos está faltando información. Nos está faltando intimidad.

Ese es el problema que casi nadie nombra cuando habla de lectura, de educación, de infancia, de cultura o incluso de liderazgo. Creemos que el reto consiste en que la gente lea más, compre más libros o pase menos tiempo frente a una pantalla. Pero la grieta es más honda. Lo que está desapareciendo no es solo el hábito lector. Lo que se está debilitando es una forma de vínculo humano que antes ocurría alrededor de la palabra, de la escucha y de la atención compartida.

Un niño no recuerda primero el contenido de un cuento. Recuerda el tono de voz, la cercanía, la pausa, la seguridad de estar con alguien que por un momento dejó de correr para estar ahí. En el mundo adulto ocurre algo parecido, aunque nos avergüence admitirlo. También seguimos necesitando ese abrazo. Solo que ahora lo disfrazamos de productividad, de agenda llena, de urgencia permanente o de consumo rápido de contenidos.

He visto durante años una escena que se repite con distintas edades y distintos niveles educativos. Una familia con buena intención compra libros. Una empresa invierte en formación. Un directivo habla de pensamiento crítico. Un colegio exige comprensión lectora. Todo parece correcto. Pero en la práctica nadie protege el espacio interior donde la lectura puede convertirse en experiencia. Se compran herramientas sin reconstruir el vínculo humano que les da sentido.

Ahí empieza el error silencioso.

Porque leer no es únicamente descifrar palabras. Leer es aceptar que algo ajeno entre en uno sin la violencia del ruido. Es permitir que una idea nos interrumpa. Es quedarnos un poco quietos para que una pregunta nos alcance. Y eso, en esta época, se volvió incómodo. No por falta de capacidad, sino por exceso de dispersión. En Colombia, un estudio citado en 2025 señaló que el 72 % de los adultos afirma tener hábito de lectura y que quienes leen de forma habitual alcanzan un promedio cercano a 6,9 libros al año, por encima de registros previos. Al mismo tiempo, la misma conversación pública reconoce el desplazamiento de la atención hacia formatos digitales más fragmentados. Es decir: no basta con que existan lectores; el entorno sigue compitiendo contra la profundidad.

Eso explica por qué muchas personas “leen”, pero cada vez les cuesta más habitar lo leído.

No hablo solo de libros. Hablo de correos mal interpretados, de contratos firmados sin comprensión real, de conversaciones familiares resueltas desde la reacción y no desde la escucha, de empresas que llenan sus paredes de valores que nadie ha leído con honestidad. Cuando una sociedad pierde profundidad lectora, no se vuelve menos culta solamente. Se vuelve más impulsiva, más manipulable, más cansada y más torpe para decidir.

Esa conexión entre lectura y decisiones reales suele subestimarse. Parece un asunto blando, casi decorativo, hasta que aparecen las consecuencias. Un gerente no escucha el contexto y reacciona con una orden equivocada. Un padre corrige sin haber entendido lo que su hijo quiso decir. Un emprendedor confunde rapidez con claridad y termina tomando una deuda que no debió tomar. Un equipo se llena de reuniones porque ya nadie sabe leer bien una situación. La lectura, entendida en serio, no solo organiza el lenguaje. Organiza el criterio.

Por eso me preocupa cuando la conversación sobre leer se queda en campañas simpáticas o consignas bienintencionadas. Claro que sirven. Claro que ayudan. Pero el problema no se resuelve con frases amables sobre los beneficios de leer. Se resuelve cuando entendemos que la lectura es una disciplina afectiva, cognitiva y social. Es una práctica que moldea la manera en que una persona interpreta la realidad y, por tanto, la manera en que actúa sobre ella.

Recuerdo una escena sencilla, de esas que parecen pequeñas hasta que uno las mira de frente. Un adulto cansado llega a casa. Tiene el teléfono en la mano, pendientes sin cerrar, la mente partida en diez asuntos. Un niño se acerca con un libro. No pide teoría pedagógica. No pide un plan lector. Pide presencia. El adulto dice “ahorita” y ese ahorita se convierte en costumbre. No pasa nada dramático en ese instante. Nadie se alarma. La casa sigue funcionando. Pero algo se desplaza. El niño aprende, sin que nadie se lo explique, que las historias compiten contra la prisa y casi siempre pierden.

Años después nos sorprende que no haya concentración, paciencia, conversación ni gusto por leer.

Yo también he visto ese mecanismo en el mundo empresarial. Solo cambia el escenario. El líder convoca a pensar, pero premia la velocidad irreflexiva. La organización dice que valora el aprendizaje, pero convierte toda lectura en tarea funcional. Se lee para responder, para defenderse, para presentar, para cumplir. Ya no se lee para comprender. Y una empresa que deja de comprender empieza a deteriorarse mucho antes de que aparezca en los indicadores.

Porque los indicadores tardan en acusar recibo. La vida no.

La lectura abrazada tiene algo que la tecnología, por sí sola, no puede reemplazar. Puede amplificarla, democratizarla, distribuirla, recomendarla, incluso volverla más accesible. UNESCO puso en 2025 el foco de sus premios internacionales de alfabetización en la promoción de la lectura en la era digital, destacando iniciativas que usan herramientas tecnológicas para inclusión y desarrollo de habilidades críticas. El mensaje es importante: la tecnología sí puede ser aliada. Pero aliada no significa sustituta.

Ese matiz importa mucho.

Una tableta no da contención. Un algoritmo no sostiene una mirada. Una plataforma no reemplaza la memoria emocional de haber sido acompañado mientras una historia nos ordenaba por dentro. La tecnología ayuda cuando sirve al encuentro humano. Perjudica cuando se convierte en atajo para evitarlo.

El error moderno consiste en creer que el acceso equivale al vínculo. Nunca había sido tan fácil tener textos cerca. Y, sin embargo, nunca había sido tan difícil quedarse verdaderamente con uno. La abundancia de contenido ha producido una paradoja extraña: cuanto más disponible está la lectura, más escasa puede volverse la experiencia de ser tocado por ella.

Eso también tiene consecuencias económicas.

Una persona que no puede sostener una lectura compleja tendrá problemas para sostener una decisión compleja. Una persona que solo consume fragmentos termina razonando en fragmentos. Y cuando esa forma mental entra a la empresa, al hogar o a la política, lo que aparece es una cultura de interpretación pobre. Se reacciona mucho, se comprende poco. Se habla mucho, se escucha poco. Se decide rápido, se corrige caro.

No es casual que la lectura temprana siga mostrando relación con desarrollo cognitivo, lenguaje y calidad de interacción familiar. Un informe universitario en Colombia, publicado en 2025, recordó que los adultos dedican en promedio 48 minutos diarios a leer o contar cuentos a menores de cinco años, y también mostró que esa tarea recae de forma abrumadora en mujeres cuidadoras. Más allá del dato, lo relevante es la estructura: todavía no entendemos la lectura compartida como una responsabilidad cultural de todos, sino como una labor secundaria que alguien debería resolver.

Ahí hay una señal seria.

Cuando una sociedad delega el abrazo lector, termina delegando también la formación del criterio. Después se queja de la superficialidad de los jóvenes, de la fragilidad emocional, de la incapacidad para argumentar, del deterioro de la convivencia o del empobrecimiento del debate público. Pero esas consecuencias no aparecen de la nada. Se incuban en miles de escenas domésticas, escolares y laborales donde la palabra dejó de ser un lugar de encuentro y se convirtió en un insumo más.

No estoy idealizando el pasado. Antes también había carencias, exclusiones y formas pobres de leer. Pero había una conciencia más nítida de que leer juntos era una experiencia humana y no solo una meta educativa. Hoy esa verdad se difumina entre métricas, pantallas y urgencias. Y cuando algo deja de sentirse necesario, pronto empieza a parecer prescindible.

Ese es el riesgo.

Que terminemos viendo la lectura como un lujo cultural, cuando en realidad es una infraestructura invisible de la vida interior y de la vida social. No todas las personas dirigirán empresas, pero todas dirigen decisiones. No todas escribirán libros, pero todas interpretan señales. No todas serán expertas en educación, pero todas afectan con su presencia o su ausencia la manera en que otros aprenden a habitar el lenguaje.

Por eso el abrazo lector hace falta también entre adultos. Hace falta en matrimonios donde ya nadie se escucha con profundidad. Hace falta en juntas directivas donde abundan los datos y escasea la comprensión. Hace falta en líderes que saben presentar, pero no saben leer el cansancio moral de su equipo. Hace falta en profesionales muy formados que pueden procesar información, pero no soportan una idea que contradiga su ego.

Leer con otro, o leer desde una experiencia de vínculo, nos recuerda algo incómodo: no somos tan autónomos como creemos. Nuestra forma de pensar fue modelada por la calidad de las palabras que recibimos y por la calidad de la presencia con que nos las dieron. Esa verdad incomoda porque desmonta la fantasía del individuo autosuficiente. Pero también aclara. Si nuestras decisiones tienen una raíz relacional, entonces reconstruir la lectura no es un asunto ornamental. Es una decisión estratégica para la vida.

Y aquí aparece una pregunta que muchos evitan: ¿qué estamos enseñando realmente cuando decimos que fomentamos la lectura?

Si lo hacemos desde la presión, enseñamos obediencia.
Si lo hacemos desde la obligación sin vínculo, enseñamos rechazo.
Si lo hacemos solo como herramienta de rendimiento, enseñamos utilidad sin profundidad.
Si lo hacemos desde la presencia, la conversación y el ejemplo, enseñamos humanidad.

La diferencia parece sutil, pero no lo es. De ella depende si una persona usará la lectura para aprobar exámenes o para entenderse mejor; para cumplir tareas o para tomar mejores decisiones; para acumular información o para desarrollar criterio.

Y el criterio, conviene recordarlo, no es un lujo intelectual. Es una defensa práctica contra el autoengaño.

Quien lee de verdad empieza a notar sus simplificaciones, sus prejuicios, sus impulsos, sus vacíos de comprensión. La lectura bien vivida no solo consuela. También confronta. Nos muestra dónde estamos improvisando una identidad, un negocio o una relación. Por eso incomoda tanto. Porque no ofrece ruido para distraernos, sino espejo.

Tal vez ahí esté la razón profunda por la que nos hace falta el abrazo lector. No solo porque necesitamos más libros, sino porque necesitamos volver a crear situaciones humanas donde sea posible pensar sin huir, escuchar sin fragmentar y permanecer sin consumirnos en la prisa. Esa clase de abrazo no vuelve a una sociedad más lenta por capricho. La vuelve más lúcida.

Y una sociedad más lúcida toma decisiones menos torpes.

No resolveremos esto culpando a las pantallas, romantizando bibliotecas ni repitiendo que leer es bueno. Lo resolveremos cuando volvamos a considerar sagrado el tiempo de atención compartida. Cuando en una casa, en una escuela o en una empresa alguien decida que no todo lo valioso produce resultado inmediato. Cuando entendamos que una página leída con presencia puede evitar años de confusión mal gestionada.

A veces lo que falta no es capacidad. Es permiso.

Permiso para detenerse.
Permiso para escuchar.
Permiso para no convertir toda experiencia humana en rendimiento.

Ese permiso, cuando aparece, cambia más de lo que parece. Cambia la relación con el lenguaje. Cambia la conversación. Cambia la manera de educar. Cambia la forma de liderar. Y cambia, sobre todo, la calidad de las decisiones que una persona toma cuando nadie la está mirando.

Ahí empieza todo.

Para quien ya reconoció que este vacío no es cultural solamente, sino personal, familiar y estratégico, la conversación correcta puede abrir más de lo que un diagnóstico rápido alcanza a mostrar: https://t.mtrbio.com/JCMD

Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

Hay ausencias que no hacen ruido.
Solo se notan cuando empezamos a vivir con menos profundidad de la que creemos merecer.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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