Hay países que no avanzan porque no pueden. Colombia no es uno de ellos.
Lo que incomoda —y rara vez se dice con claridad— es que Colombia no está atrapada por falta de capacidad, sino por exceso de ambigüedad en sus decisiones. Ese matiz cambia todo. Porque cuando un país no puede, el problema es técnico. Pero cuando puede y no lo hace, el problema es humano, estructural y profundamente político en el sentido más amplio de la palabra.
Leí el artículo que planteas. No desde la intención de validar o refutar, sino desde algo más incómodo: observar lo que subyace detrás de la pregunta misma. “¿Qué tan cerca está el desarrollo?” parece una cuestión de distancia. Pero en realidad es una cuestión de dirección.
Yo también creí durante años que el desarrollo era una meta medible en indicadores: PIB, infraestructura, inversión extranjera, productividad. Y sí, lo es. Pero reducirlo a eso es como pensar que un cuerpo sano depende únicamente de sus exámenes médicos. Los números muestran, pero no explican.
Recuerdo una escena concreta. Finales de los noventa. Un proyecto tecnológico con potencial real de transformación en una empresa nacional. Todo estaba listo: tecnología, equipo, modelo. Pero se detuvo. No por falta de recursos. No por incapacidad técnica. Se detuvo porque las decisiones se tomaron desde el miedo a perder control, no desde la visión de crecer.
Ahí entendí algo que no enseñan en ninguna facultad: el subdesarrollo no es solo económico. Es mental, cultural y organizacional.
Colombia tiene carreteras pendientes, sí. Tiene brechas educativas, también. Pero su verdadero desafío no está en lo que le falta construir, sino en lo que aún no ha decidido transformar en su forma de pensar.
El artículo señala factores estructurales: desigualdad, baja productividad, informalidad. Todo cierto. Pero hay una capa más profunda que rara vez se aborda: la relación que tenemos con el largo plazo.
Colombia piensa en corto. Decide en corto. Ejecuta en corto.
Y el desarrollo es, por definición, una apuesta de largo plazo.
No se construye en un periodo de gobierno. No se consolida en una reforma aislada. No se sostiene con discursos bien intencionados. Requiere coherencia sostenida, incluso cuando no es popular.
Aquí ocurre algo interesante desde la psicología colectiva. El país quiere resultados de primer mundo con tolerancia de tercer mundo. Quiere eficiencia, pero negocia con la mediocridad. Quiere institucionalidad, pero convive con la trampa cotidiana. Esa contradicción no es menor. Es estructural.
No es el Estado únicamente. No es el sector privado únicamente. No es la ciudadanía únicamente. Es la interacción entre los tres.
Y ahí aparece un punto crítico que casi nadie quiere asumir: el desarrollo no es un proyecto económico. Es un acuerdo cultural.
Sin ese acuerdo, todo avance es frágil.
La tecnología, por ejemplo, ha avanzado más rápido que la mentalidad que la utiliza. Hoy Colombia tiene acceso a herramientas que hace 20 años eran impensables. Inteligencia artificial, automatización, digitalización de procesos. Pero el uso sigue siendo superficial en muchos casos. Se adopta la herramienta sin transformar la lógica.
Es como ponerle un motor moderno a una estructura antigua esperando que funcione mejor. No lo hará. Solo irá más rápido hacia el mismo problema.
El desarrollo exige algo más incómodo: renunciar a formas de pensar que ya no funcionan.
Y ahí es donde se detiene el proceso.
Porque cambiar infraestructura cuesta dinero. Pero cambiar mentalidad cuesta identidad.
Y eso no se resuelve con políticas públicas. Se resuelve con conciencia.
Aquí es donde el análisis del artículo se queda corto, no por lo que dice, sino por lo que no alcanza a profundizar. Señala los síntomas, pero no llega al núcleo: la toma de decisiones.
Colombia no tiene un problema de diagnóstico. Tiene un problema de ejecución coherente.
Sabe lo que necesita mejorar. Lo ha discutido durante décadas. Lo ha documentado en informes, estudios, planes de desarrollo. Pero no logra sostener decisiones alineadas en el tiempo.
Y eso no es casualidad.
Es el resultado de una cultura que premia la reacción sobre la estrategia.
Donde se responde a la coyuntura, pero no se construye estructura.
Donde se mide el impacto inmediato, pero no la consecuencia futura.
Y ahí aparece otra capa: la educación. No solo en cobertura o calidad académica. Hablo de formación en criterio.
Un país que no entrena a su gente para pensar estratégicamente difícilmente podrá tomar decisiones de largo plazo. Y sin eso, el desarrollo se vuelve un concepto aspiracional, no una realidad tangible.
No es que Colombia esté lejos del desarrollo. Es que aún no ha decidido comprometerse con él en serio.
Porque comprometerse implica costo.
Implica decir no a lo conveniente para decir sí a lo correcto.
Implica sostener decisiones incluso cuando generan incomodidad.
Implica dejar de negociar principios por resultados temporales.
Eso no se logra con discursos. Se logra con carácter colectivo.
Y aquí hay algo que incomoda aún más: el cambio no empieza arriba. Empieza en cada nivel donde alguien tiene capacidad de decisión.
En una empresa que decide hacer bien las cosas aunque le cueste más.
En un líder que prioriza estructura sobre protagonismo.
En un ciudadano que deja de justificar lo incorrecto porque “así funciona”.
El desarrollo no llega. Se construye.
Y se construye todos los días, en decisiones pequeñas que nadie mide, pero que terminan definiendo el rumbo.
Colombia tiene todo para hacerlo. Talento, recursos, ubicación estratégica, capacidad empresarial. Lo que aún no tiene —o no ha consolidado— es una coherencia suficiente entre lo que sabe, lo que dice y lo que hace.
Esa brecha es la verdadera distancia al desarrollo.
No está en kilómetros. Está en decisiones.
Y mientras no se cierre, cualquier avance será parcial.
No es un problema de esperanza. Es un problema de responsabilidad.
Porque el desarrollo no es una promesa futura. Es una consecuencia directa de lo que se decide hoy.
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