La vejez no apaga el deseo: lo desnuda



Lo verdaderamente incómodo no es que una persona mayor desee; lo incómodo es que una sociedad entera no sepa qué hacer con ese deseo.

Hay escenas que dicen más de un país que cualquier discurso oficial. Una mujer de setenta años entra a consulta, intenta preguntar por resequedad, dolor o cambios en su cuerpo, y del otro lado recibe una respuesta rápida, casi administrativa: “eso es normal a su edad”. No le respondieron una pregunta clínica. Le clausuraron una dimensión humana. Y cuando eso se repite miles de veces, ya no estamos hablando de vergüenza individual. Estamos hablando de cultura.

Esta semana volvió a aparecer un dato que Colombia necesita mirar sin chistes, sin paternalismo y sin superioridad moral. El estudio Mis canas, mis ganas, citado por El Tiempo, recogió voces y experiencias de personas mayores en Medellín, Manizales, Tunja y Montería, y mostró algo que debió ser obvio desde siempre: la sexualidad no desaparece con la edad; cambia su forma, su ritmo, su lenguaje y sus condiciones. Más del 92 % de las personas encuestadas reconoció que la sexualidad hace parte de todas las personas, y un 62 % reportó haber tenido relaciones sexuales en los últimos 12 meses. Al mismo tiempo, el 34 % dijo que no habla con nadie sobre el tema y solo el 19 % ha consultado alguna vez a un médico sobre su sexualidad.

Ese contraste es el corazón del problema. No estamos frente a una ausencia de deseo. Estamos frente a una ausencia de conversación madura. El deseo sigue vivo, pero quedó atrapado entre estigmas viejos, silencios familiares y sistemas de salud que todavía tratan la sexualidad de las personas mayores como un asunto menor o, peor aún, como una rareza.

Yo también crecí en una cultura donde la vejez fue presentada muchas veces como una etapa de retiro total: del trabajo, del riesgo, de la novedad, del placer y hasta del cuerpo. Como si envejecer fuera convertirse lentamente en una presencia respetable, pero emocionalmente neutral. Con los años entendí que esa idea no era prudencia. Era mutilación simbólica. Le quitaba a la persona mayor no solo erotismo, sino derecho a decidir sobre su intimidad, su afecto y su forma de habitar el cuerpo.

Por eso este estudio importa más de lo que parece. No solo corrige un mito. Desnuda una contradicción nacional. Colombia envejece, pero mentalmente todavía no sabe convivir con la longevidad. Profamilia advierte que el envejecimiento poblacional del país avanza con rapidez: la población mayor de 60 años pasó del 7 % en 1985 al 14 % en 2020 y podría llegar al 32 % en 2070. A la vez, el Ministerio de Salud reportó que en 2023 había 7.610.671 personas mayores de 60 años, equivalentes al 14,5 % de la población colombiana.

Eso significa algo muy simple: seguir tratando la sexualidad en la vejez como un tema marginal no es solo ignorancia cultural. Es una torpeza institucional. No estamos hablando de una minoría invisible. Estamos hablando de uno de los grupos poblacionales que más va a crecer en las próximas décadas.

La investigación revela, además, una diferencia que merece una lectura más profunda. Entre quienes reportaron actividad sexual reciente, el 86 % de los hombres dijo haber tenido relaciones sexuales en el último año, frente al 43 % de las mujeres. Y un dato todavía más delicado: el 51 % de las mujeres encuestadas estuvo de acuerdo con la idea de que las mujeres deben complacer sexualmente a los hombres; entre los hombres, el 42 % también respaldó esa afirmación.

Aquí el debate deja de ser sexual y se vuelve estructural. Porque no basta con afirmar que el deseo continúa. Hay que preguntarse en qué condiciones continúa, con qué libertad, con qué lenguaje interno y bajo qué herencias de género. Una mujer puede seguir deseando y, al mismo tiempo, haber sido socializada durante décadas para callar ese deseo, administrarlo en función del otro o sentir culpa cuando toma la iniciativa. Un hombre puede seguir deseando y, al mismo tiempo, cargar una idea de masculinidad que convierte cualquier cambio corporal en amenaza identitaria.

Ahí aparece uno de los errores más costosos de nuestra época: creer que la sexualidad es un asunto biológico, cuando en realidad es biografía, cultura, memoria, autoestima, aprendizaje, negociación y poder. El cuerpo envejece, sí. Pero también envejecen los mandatos con los que ese cuerpo fue educado. Y muchas veces el mayor obstáculo no está en la fisiología, sino en la narrativa que la persona arrastra sobre sí misma.

Por eso me parece tan valioso que varios testimonios del estudio rompan con la definición reducida de sexualidad como simple coito. Para muchas personas mayores, la sexualidad incluye afecto, ternura, compañía, intimidad y presencia emocional. Ese matiz no es menor. Es una corrección profunda a una cultura que suele medir la vida sexual solo con parámetros de rendimiento.

Cuando una sociedad solo entiende la sexualidad desde la juventud, la frecuencia o la capacidad de desempeño, condena a millones de personas a pensar que cualquier cambio corporal equivale a final. Pero el informe muestra lo contrario. Aunque un 33 % de los hombres reportó dificultades de erección y un 43 % de las mujeres problemas de lubricación, apenas un 8,7 % considera que la menopausia o la andropausia significan el fin de la vida sexual.

Ese dato es más inteligente que muchos discursos terapéuticos. La mayoría de las personas mayores parece haber entendido algo que buena parte del mercado del bienestar todavía no comprende: la transformación no es cancelación. Cambiar no es perder. Cambiar obliga a renegociar el vínculo con el cuerpo, con el otro y con las expectativas. Y esa renegociación puede ser más honesta que la sexualidad vivida durante años bajo presión, rutina o miedo.

Sin embargo, el principal adversario sigue siendo el silencio. No hablar del tema empobrece la experiencia, pero también deteriora la salud. Si una persona mayor evita preguntar por dolor, disfunción, lubricación, protección o infecciones de transmisión sexual porque siente que “ya no está en edad” de hablar de eso, el problema ya no es íntimo. Es sanitario. El propio estudio advierte la baja conversación con el sistema de salud y la escasa utilización del condón, alimentada por la falsa idea de que en la vejez ya no existe riesgo.

Aquí conviene decir algo sin rodeos: una cultura que infantiliza a las personas mayores termina exponiéndolas más. Porque quien es tratado como alguien sin deseo también deja de ser visto como alguien que necesita información, prevención, consentimiento claro, escucha clínica y acompañamiento digno. Se le quita autonomía con el lenguaje y luego se le deja solo frente a las consecuencias.

También hay una responsabilidad familiar que rara vez se asume con seriedad. Muchos hijos quieren padres sanos, sobrios y bien cuidados, pero no autónomos en lo íntimo. Aceptan la longevidad siempre que no venga acompañada de deseo. Es una forma elegante de control. El estudio encontró que el 74,8 % de las personas mayores espera respaldo de sus redes de apoyo para su vida sexual, pero muchas familias evitan la conversación o la consideran incómoda.

Eso dice mucho sobre nosotros. Nos cuesta aceptar que la persona que nos cuidó siga siendo sujeto, no solo antecedente. Preferimos convertirla en memoria antes que reconocerla como presente. Y esa incomodidad no es amor; es incapacidad de reconocer al otro fuera del papel que nos conviene.

La tecnología puede ayudar, pero solo si deja de ser un espectáculo y se convierte en herramienta. Telemedicina, educación digital, contenidos de salud sexual adaptados a personas mayores, comunidades virtuales seguras y formación para profesionales pueden cerrar parte de esta brecha. La Fundación Saldarriaga Concha ha insistido en que la sexualidad también está viva en la vejez y que el país necesita recursos prácticos para reconocer derechos y autonomía en esta etapa.

Pero la tecnología no resolverá lo que la conciencia no quiera nombrar. Una videollamada no sustituye una escucha respetuosa. Una plataforma no corrige por sí sola décadas de vergüenza moral. Un chatbot no repara el daño de un médico que ridiculiza la pregunta de una paciente mayor. El instrumento importa, pero la cultura decide el alcance del instrumento.

La implicación práctica de todo esto es más exigente de lo que parece. Si usted trabaja en salud, necesita revisar si trata la sexualidad en la vejez como parte legítima del bienestar o como asunto decorativo. Si usted lidera una institución, debe entender que las políticas de envejecimiento sin salud sexual están incompletas. Si usted acompaña a sus padres o a personas mayores, conviene revisar si su cuidado respeta autonomía o la sustituye por permiso. Y si usted mismo está entrando en esa etapa, tal vez la tarea más difícil sea desobedecer el mandato de desaparecer emocionalmente.

Porque envejecer no debería significar volverse aceptable a costa de volverse menos humano.

El hallazgo más importante de este debate no es que las personas mayores deseen. Eso siempre fue verdad. El hallazgo es que el país sigue sorprendiéndose por algo elemental. Y cuando una sociedad se sorprende de lo elemental, es porque ha normalizado una forma de ceguera.

Tal vez por eso este tema incomoda tanto. Nos obliga a reconocer que no sabemos acompañar la complejidad del ciclo vital. Sabemos celebrar la infancia y mercadear la juventud. Pero aún no sabemos honrar una vejez autónoma, deseante y digna. Nos falta lenguaje, educación, política pública y una ética del respeto menos paternalista.

No hay que erotizar la vejez. Hay que dejar de mutilarla. No hay que convertir este tema en consigna. Hay que volverlo criterio. Porque el derecho a la intimidad, al placer, al cuidado y a la información no expira cuando aparecen las canas. Lo que expira, si no lo corregimos, es nuestra capacidad de construir una sociedad verdaderamente adulta.

La conversación no debería terminar en el dato curioso de una encuesta, sino empezar allí. Cuando un país envejece, también madura o se delata. Y Colombia, en este tema, todavía se está delatando.

Si esta reflexión merece una conversación estratégica, una conferencia o una masterclass más profunda, aquí está el espacio adecuado:

Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

La dignidad no se pierde con los años.
A veces lo que envejece primero no es el cuerpo, sino la mirada con la que una sociedad decide juzgarlo.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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