La esperanza no resiste sola



La esperanza también se pudre cuando se la usa para no mirar la realidad.

En 2019, Ricardo Esquivia escribió una columna breve pero incómoda: no bastaba con sentir esperanza, había que impedir que se quemara en medio del incendio social. Lo dijo desde la experiencia, no desde la teoría. Venía de una vida atravesada por exclusiones, amenazas, desplazamiento y trabajo comunitario en una de las regiones más heridas de Colombia. Y lo dijo con una imagen poderosa: un camión de bomberos que entró al fuego casi por accidente, sin frenos, y aun así logró apagarlo. La metáfora sigue vigente porque este país todavía confunde valentía con improvisación, y resistencia con desgaste.

A mí me inquieta otra cosa: en Colombia nos hemos acostumbrado a hablar de esperanza como si fuera una emoción noble que se cuida sola. No se cuida sola. La esperanza sin estructura se vuelve ingenuidad. La esperanza sin criterio se convierte en manipulación. La esperanza sin conversación termina siendo propaganda de un lado y resignación del otro. Por eso el problema no es solo que haya violencia, polarización o frustración institucional. El problema de fondo es que muchas personas siguen esperando resultados históricos con hábitos emocionales precarios y con decisiones públicas diseñadas para apagar confianza, no para construirla.

Hay una escena que se repite en demasiados lugares del país. Un salón comunal con sillas plásticas. Un ventilador que apenas mueve el aire. Una mesa con café recalentado. Al fondo, líderes agotados, mujeres que sostienen la vida a punta de disciplina, jóvenes que ya no creen del todo, y funcionarios que llegan con lenguaje técnico a explicar lo que la comunidad ya sabe que no va a pasar como lo prometieron. Nadie grita al principio. La fractura no siempre entra haciendo ruido. A veces entra como costumbre. Como esa sensación de que hablar no sirve. Como ese cálculo íntimo de que es mejor no exponerse. Como esa pedagogía del cansancio que enseña a no esperar nada para no sufrir más.

Yo también he visto ese desgaste. No con romanticismo, sino con preocupación. Porque cuando una comunidad deja de creer en la palabra, no solo se debilita la participación. Se daña algo más profundo: la posibilidad de coordinar futuro. Y una sociedad que no coordina futuro se queda administrando miedo. Ahí está una de las claves que pocas veces se nombran. La esperanza no es un sentimiento decorativo. Es una capacidad de anticipar que una acción compartida puede producir un resultado distinto. Cuando esa capacidad se rompe, las personas se repliegan, el liderazgo se precariza y el oportunismo encuentra campo libre.

Por eso me parece tan importante rescatar el corazón del planteamiento de Esquivia, pero sin repetir su estructura ni quedarse en su época. Él hablaba de ciudadanos activos, de sociedades informadas y de un Estado capaz de escuchar. Siete años después del punto medio de la implementación del Acuerdo, el Kroc Institute siguió recordando que el proceso colombiano no fracasa solo por ausencia de voluntad armada o por incumplimientos puntuales, sino porque un acuerdo integral exige continuidad, presencia territorial y decisiones institucionales coherentes en el tiempo. Su noveno informe, presentado en 2025, mantuvo el seguimiento sobre 578 compromisos y describió avances, obstáculos y oportunidades todavía abiertas. A comienzos de 2026, la Misión de Verificación de la ONU insistió en lo mismo: la implementación integral debe garantizarse para que la promesa de paz, justicia y reconciliación no se quede en promesa.

Eso obliga a decir algo incómodo: la esperanza no se quema solo por culpa de los violentos. También se quema cuando el Estado llega tarde, cuando las instituciones hablan desde el centro sin entender el territorio, cuando la política reduce la complejidad a consignas y cuando la ciudadanía se acostumbra a delegar su criterio a la emoción de la semana. En ese punto, la esperanza ya no muere por ataque externo. Muere por abandono interno.

Y aquí aparece un quiebre de creencia que considero urgente. Durante años se nos vendió la idea de que la esperanza era lo contrario del realismo. Que la gente “realista” debía endurecerse, sospechar de todo y asumir que casi nada cambia. Esa postura parece inteligente, pero en el fondo es una forma sofisticada de impotencia. El verdadero realismo no consiste en renunciar a la esperanza. Consiste en darle método. Consiste en aceptar que los cambios complejos necesitan memoria, paciencia institucional, información verificable, liderazgo moral y una ciudadanía menos reactiva. La esperanza madura no niega el incendio. Aprende a identificar dónde están los frenos, quién los dañó y qué hay que reparar antes de volver a avanzar.

Hoy esa conversación no es abstracta. La Defensoría del Pueblo documentó 89 asesinatos de líderes y lideresas sociales entre enero y junio de 2025, además de 25 homicidios de firmantes de paz y 34 masacres con 116 víctimas fatales en ese mismo periodo. La entidad recordó que desde 2016 hasta el 30 de junio de 2025 había documentado 1.577 asesinatos de líderes y lideresas sociales. Y la ONU señaló en marzo de 2026 que, entre 2022 y 2025, fueron asesinados 410 defensores de derechos humanos, con repunte en 2025 y un nivel de condenas todavía muy bajo. No son cifras para alimentar pesimismo. Son cifras para entender que hablar de esperanza en Colombia exige una ética de protección, no solo una retórica de inspiración.

Cuando asesinan a quien organiza, media, denuncia o acompaña, no están eliminando únicamente a una persona. Están enviando un mensaje pedagógico al resto: “participar cuesta demasiado”. Ese es uno de los mecanismos más perversos de descomposición social. El miedo se vuelve racional. El silencio parece prudente. La neutralidad se vende como madurez. Y poco a poco se instala una cultura donde sobrevivir importa más que transformar. Entonces la esperanza sigue siendo pronunciada en discursos oficiales, pero deja de ser una experiencia compartida en la vida cotidiana.

Por eso el tema no es sentimental. Es psicológico, político y práctico a la vez. Psicológico, porque una comunidad golpeada tiende a desarrollar reflejos de autoprotección que la vuelven desconfiada y fragmentada. Político, porque sin confianza mínima no hay deliberación pública seria, solo trincheras narrativas. Y práctico, porque la falta de confianza deteriora cualquier proyecto productivo, educativo o institucional. Donde la gente sospecha de todo, coordinar se vuelve costosísimo. Y cuando coordinar se vuelve costoso, prosperan quienes viven de la fragmentación.

He aprendido que muchas personas llaman esperanza a un deseo, cuando en realidad debería parecerse más a una disciplina. El deseo dice “ojalá”. La disciplina pregunta “¿qué condiciones concretas vuelven esto sostenible?”. Esa diferencia parece pequeña, pero define la calidad de una sociedad. Una comunidad disciplinada en la esperanza no se deja intoxicar tan fácil por el escándalo permanente. Aprende a distinguir entre noticia y ruido, entre liderazgo y espectáculo, entre presencia institucional y simple aparición mediática. Entiende que la paz no se decreta, que la reconciliación no brota de una foto y que el tejido social no se recompone con campañas emotivas.

También aquí la tecnología merece ser puesta en su sitio correcto. No como reemplazo de la comunidad, sino como herramienta para defenderla. Una sociedad informada hoy necesita sistemas de información accesibles, trazabilidad de compromisos públicos, alertas tempranas que no se queden archivadas, datos territoriales comprensibles y canales de conversación que no sean secuestrados por el grito. La tecnología puede ayudar a mapear riesgos, verificar promesas, documentar incumplimientos y conectar capacidades. Pero no puede producir por sí misma la confianza que destruyen la corrupción, el desprecio o la indiferencia. La tecnología acelera. No redime. Si se pone al servicio de una cultura rota, solo hace más eficiente la confusión.

Por eso me preocupa tanto el fetichismo tecnológico de quienes creen que una plataforma, una app o una estrategia digital solucionan problemas que son, ante todo, problemas de criterio y estructura humana. He visto organizaciones llenarse de tableros, indicadores y dashboards mientras pierden lo esencial: la conversación honesta con la realidad. Y también he visto comunidades con muy pocos recursos sostener procesos admirables porque alguien todavía comprendía que la confianza se construye con presencia, coherencia y palabra cumplida. El futuro será híbrido, sin duda. Pero seguirá dependiendo de una verdad antigua: ninguna herramienta compensa la ausencia de carácter.

Hay otro punto decisivo. La esperanza no puede quedar amarrada al calendario electoral. Cada vez que una sociedad deposita toda su reserva moral en un gobierno, en un líder o en una coyuntura, queda expuesta a una resaca más profunda. Los gobiernos importan, por supuesto. Las decisiones públicas importan muchísimo. Pero una nación no puede vivir emocionalmente tercerizada. La responsabilidad de sostener sentido, criterio y tejido no puede delegarse por completo en la política formal. Cuando eso ocurre, cualquier decepción se vuelve devastadora. Y Colombia sabe demasiado de esas oscilaciones entre entusiasmo febril y desencanto crónico.

En el fondo, el incendio del que hablaba Esquivia no era solo el de la guerra. Era también el de una cultura que ha normalizado llegar tarde a lo importante. Llegamos tarde a la prevención, tarde a la escucha, tarde al cuidado del liderazgo social, tarde al reconocimiento de los territorios, tarde a las reformas estructurales, tarde a la protección de la palabra pública. Después, cuando todo arde, celebramos el heroísmo de quienes se meten al fuego. Pero seguimos sin arreglar los frenos del camión. Y así no se cuida la esperanza. Así se explota.

Cuidar la esperanza hoy exige algo más sobrio y menos épico. Exige formar criterio antes que adhesiones. Exige escuchar el territorio antes que defender posiciones prefabricadas. Exige reconocer que la polarización no solo divide ideas: también desgasta la capacidad psíquica de un país para imaginar soluciones compartidas. Exige comprender que cada líder silenciado, cada promesa incumplida y cada comunidad no escuchada deterioran una reserva invisible sin la cual ningún plan nacional funciona: la confianza social.

La pregunta, entonces, no es si todavía hay esperanza. La pregunta seria es otra: ¿qué estamos haciendo para que no dependa del azar, del carisma o de la resistencia individual de unos pocos? Esa pregunta cambia todo, porque nos saca de la contemplación y nos lleva a la arquitectura. Ya no basta con defender ideales en abstracto. Hay que diseñar condiciones. Hay que sostener procesos. Hay que medir con honestidad. Hay que proteger a quienes cuidan la vida pública. Hay que dejar de premiar el ruido y volver a valorar la consistencia.

No necesito cerrar esto con optimismo prestado. Prefiero una convicción más exigente. La esperanza puede seguir viva, pero no porque Colombia sea un país mágicamente resiliente. Puede seguir viva si decidimos tratarla como un activo moral que requiere estructura, verdad, protección y trabajo sostenido. Lo demás es retórica para soportar otra temporada de frustración.

La esperanza no se quema de un momento a otro. Se va chamuscando cada vez que decimos “después”, cada vez que normalizamos el miedo, cada vez que renunciamos al criterio, cada vez que confundimos información con propaganda, cada vez que nos parece suficiente sobrevivir. Por eso cuidarla no es un acto poético. Es una responsabilidad pública y personal.

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Julio César Moreno Duque
Pensador – Consultor – Mentor Humanista
Desde 1988, transformando criterio, consciencia y acción

Cuando la esperanza no tiene estructura, termina sirviendo al cansancio.
Cuando la tiene, deja de ser consuelo y se convierte en dirección.

Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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