Volver a uno mismo: cuando el deseo propio deja de ser egoísmo y se convierte en conciencia



¿En qué momento nos enseñaron que mirarnos con deseo, con ternura y con respeto era algo indebido, narcisista o incluso peligroso? Hago esta pregunta no desde la provocación, sino desde la experiencia acumulada de décadas escuchando a personas brillantes, sensibles y profundamente humanas que han aprendido a entregarse al mundo, a sus parejas, a sus hijos, a sus empresas… pero que olvidaron algo esencial: habitarse a sí mismas.

Durante muchos años, en consultas, charlas y conversaciones íntimas, he visto cómo hombres y mujeres confunden el amor propio con egoísmo, el autocuidado con culpa y el deseo hacia sí mismos con una especie de traición moral. En ese terreno aparece un concepto que hoy genera curiosidad, resistencia y hasta incomodidad: la autosexualidad. No como una moda, no como una etiqueta, sino como una puerta de comprensión profunda sobre la relación que tenemos con nuestro cuerpo, nuestra identidad y nuestra energía vital.

No hablo aquí de prácticas explícitas ni de discursos vacíos. Hablo de algo más sutil y, a la vez, más revolucionario: la capacidad de reconocerse como fuente legítima de placer, bienestar y conexión, sin depender de la validación externa para existir con plenitud. En una cultura que nos entrenó para buscar aprobación constante —en la pareja, en el trabajo, en las redes, incluso en la espiritualidad— volver a uno mismo es un acto de madurez.

Desde la psicología, sabemos que el vínculo primario no es con la pareja ni con los padres, sino con uno mismo. Desde la espiritualidad, entendemos que el cuerpo no es un obstáculo, sino un templo de experiencia. Desde la empresa y el liderazgo, he comprobado que quien vive desconectado de sí mismo termina tomando decisiones incoherentes, buscando afuera lo que no ha sabido cultivar adentro. Y desde la tecnología, incluso desde la inteligencia artificial, vemos reflejado lo mismo: sistemas potentes sin conciencia terminan siendo reactivos, dependientes y poco éticos. Lo humano no es distinto.

La autosexualidad, entendida con madurez, no es aislamiento ni rechazo del otro. Es presencia. Es intimidad interna. Es la capacidad de sentirse completo antes de compartir, no para cerrarse, sino para no mendigar afecto. Recuerdo a una ejecutiva brillante, con una carrera impecable y relaciones afectivas repetidas que siempre terminaban igual. “Me esfuerzo demasiado para que no se vayan”, me decía. Al explorar su historia, apareció un patrón claro: nunca se había permitido sentirse suficiente por sí misma. Su deseo estaba siempre orientado hacia afuera, hacia ser elegida. El trabajo no fue “buscar pareja”, fue reconciliarse con su propio cuerpo, con su historia, con su manera de sentir. Meses después, no solo cambió su relación de pareja, cambió su forma de liderar.

Desde el Eneagrama, especialmente desde la mirada del Camino de Vida 3 que me habita, entendemos el riesgo de vivir para la imagen, para el logro, para el aplauso. El aprendizaje profundo es volver al valor intrínseco, a la autenticidad, a la expresión genuina. Cuando una persona se reconoce deseable para sí misma —en el sentido más amplio y humano de la palabra— deja de actuar personajes. Aparece la coherencia. Y la coherencia es profundamente atractiva, en todos los ámbitos de la vida.

Culturalmente, venimos de generaciones donde el cuerpo fue reprimido, instrumentalizado o juzgado. El deseo se vivió como pecado, como debilidad o como algo que debía controlarse. Hoy pagamos el precio: relaciones dependientes, liderazgos vacíos, empresas sin alma y personas desconectadas de su energía vital. No es casual que tantos conflictos afectivos estén relacionados con la incapacidad de estar a solas sin sentirse incompletos.

He aprendido que quien no sabe estar consigo mismo, difícilmente sabe estar con otros. Y esto aplica tanto a la pareja como a los equipos de trabajo. En la Organización Empresarial Todo En Uno.Net hemos hablado muchas veces de arquitectura empresarial, tecnológica y humana. Pues bien, el cuerpo y la identidad también requieren arquitectura: estructura, cuidado, conciencia. Sin eso, todo se vuelve improvisación.

La autosexualidad consciente no excluye la espiritualidad; la profundiza. No compite con el amor de pareja; lo sana. No debilita el compromiso; lo hace más libre. Cuando el deseo nace desde la aceptación y no desde la carencia, las relaciones dejan de ser contratos implícitos de salvación mutua y se convierten en encuentros reales entre dos personas completas.

En una era donde los algoritmos aprenden de nuestros patrones, quizás el mayor acto de rebeldía humana sea volver a sentirnos desde adentro, sin intermediarios. Reconocer nuestras emociones, nuestro cuerpo, nuestros límites y nuestros ritmos. La inteligencia artificial puede amplificar capacidades, pero jamás sustituirá la intimidad con uno mismo. Esa sigue siendo una tarea profundamente humana.

He visto matrimonios transformarse cuando cada uno asumió la responsabilidad de su propio bienestar. He visto emprendedores dejar de quemarse cuando entendieron que no tenían que demostrarse nada todo el tiempo. He visto jóvenes reconciliarse con su identidad cuando dejaron de compararse y comenzaron a escucharse. Y en todos esos procesos, el punto de inflexión fue el mismo: volver a casa, volver a uno mismo.

No se trata de cerrarse al mundo, sino de habitarlo desde la plenitud. No se trata de idolatrarse, sino de respetarse. No se trata de huir del vínculo, sino de llegar a él sin hambre emocional. Cuando una persona se reconoce como un lugar seguro para sí misma, todo cambia.

Quizás hoy no necesitas más consejos, ni otra teoría, ni una respuesta externa. Quizás solo necesitas detenerte un momento, respirar y preguntarte con honestidad: ¿cómo es mi relación conmigo?, ¿me habito o me abandono?, ¿me trato como trataría a alguien que amo?

Ahí empieza la verdadera transformación.

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Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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