Cuando la casa se volvió oficina… y la familia se volvió espejo



Hay momentos en la historia que no llegan pidiendo permiso. Simplemente irrumpen. Cambian rutinas, derriban certezas y nos obligan a mirarnos de frente. Uno de esos momentos fue cuando la casa dejó de ser solo hogar y se convirtió, de un día para otro, en oficina, aula, sala de reuniones, consultorio emocional y, en muchos casos, campo de batalla silencioso. ¿Qué pasó realmente cuando el trabajo entró a la casa? ¿Ganamos tiempo o perdimos presencia? ¿Nos acercamos como familia o solo aprendimos a convivir entre pantallas?

Escribo estas líneas no desde la teoría, sino desde la vivencia. Desde mi rol de empresario, ingeniero de sistemas, administrador de empresas y mentor de líderes desde 1988, pero sobre todo desde mi experiencia como ser humano, esposo, padre y aprendiz permanente. Fundé Todo En Uno.Net en 1995 y la Organización Empresarial Todo En Uno.Net en 2021, y he acompañado a cientos de empresas y familias en procesos de transformación. Sin embargo, pocas cosas me han confrontado tanto como ver cómo el “house working”, el trabajo desde casa, nos puso frente a un espejo que no siempre queríamos mirar.

Al inicio, muchos celebraron. Menos desplazamientos, más tiempo en casa, la promesa de equilibrio entre vida personal y laboral. Pero pronto descubrimos que no basta con estar en el mismo espacio físico para estar realmente juntos. La casa se llenó de agendas, reuniones virtuales, notificaciones constantes y una tensión invisible: la dificultad de poner límites cuando el trabajo ya no termina al salir de la oficina, porque la oficina está en la sala, en el comedor o incluso en la habitación.

Recuerdo conversaciones con empresarios que me decían: “Julio, siento que trabajo más que antes”. Y con madres y padres que confesaban: “Estoy en casa, pero no estoy presente”. Ahí entendí que el verdadero desafío no era tecnológico. Las herramientas estaban disponibles. El reto era humano, emocional y espiritual. No habíamos aprendido a gestionar la frontera entre el hacer y el ser.

Desde la mirada del “Maestro Reformador Humanista”, ese arquetipo que he ido encarnando con los años, creo profundamente que toda crisis es también una oportunidad de reforma interior. El trabajo en casa nos obligó a revisar acuerdos familiares que nunca habíamos explicitado, a reconocer dinámicas de poder, silencios acumulados y expectativas no dichas. En muchas familias, el house working evidenció desigualdades: quién puede concentrarse, quién interrumpe, quién cuida, quién carga con lo invisible. En otras, abrió espacios de diálogo que antes no existían.

He visto casos hermosos. Familias que decidieron sentarse, mirarse a los ojos y redefinir reglas: horarios claros, espacios sagrados sin pantallas, rituales cotidianos para volver a encontrarse. Pero también he visto rupturas, agotamiento emocional y una sensación de estar siempre “en deuda”: con el trabajo, con la pareja, con los hijos y con uno mismo.

Aquí es donde la tecnología, mal entendida, puede convertirse en enemiga. No porque sea mala en sí misma, sino porque amplifica lo que ya somos. Si vivimos desde la ansiedad, la tecnología la acelera. Si vivimos desde la conciencia, puede ser una gran aliada. La inteligencia artificial, por ejemplo, bien utilizada, puede ayudarnos a optimizar tareas, liberar tiempo y enfocarnos en lo verdaderamente humano: la conversación profunda, la escucha, la presencia. Pero si la usamos sin criterio, solo llenará más nuestras agendas y vaciará nuestros vínculos.

Desde la espiritualidad —no religiosa, sino vivencial— entendí que el house working nos invitó a una pregunta esencial: ¿para qué trabajamos? Si el trabajo no está al servicio de la vida, de la familia y del propósito, se convierte en una forma sofisticada de huida. Huimos del silencio, de las conversaciones incómodas, de mirarnos por dentro. El hogar, entonces, deja de ser refugio y se vuelve extensión del estrés.

En mis procesos de mentoría suelo integrar herramientas como el Eneagrama, porque nos ayuda a comprender por qué reaccionamos como reaccionamos. Hay personalidades que, en el trabajo en casa, se volvieron más controladoras; otras, más evasivas; otras, más complacientes hasta el agotamiento. Reconocer estos patrones no es para juzgarnos, sino para elegir conscientemente cómo queremos vivir. En mi propio camino, marcado por el Camino de Vida 3, he aprendido que la comunicación consciente y la creatividad no son un lujo, sino una responsabilidad. Decir lo que sentimos, poner límites con respeto y crear nuevos acuerdos es parte del trabajo interior que este tiempo nos exigió.

Culturalmente, en países como Colombia, donde el trabajo ha estado históricamente asociado al sacrificio y a la presencia física, el house working rompió paradigmas. Para muchos, trabajar desde casa era sinónimo de “no estar trabajando”. Para otros, se volvió una excusa para estar siempre disponibles. Ambas visiones son extremas y poco saludables. El verdadero aprendizaje está en construir una cultura de confianza, tanto en las empresas como en las familias.

Desde la Organización Empresarial Todo En Uno.Net hemos acompañado procesos donde la conversación no empezó por la tecnología, sino por la persona. ¿Qué necesita esta familia empresarial para funcionar mejor? ¿Qué acuerdos deben redefinirse? ¿Qué cargas emocionales se están filtrando en lo laboral? Porque no nos engañemos: lo que no se habla en casa se actúa en el trabajo, y lo que no se resuelve en el trabajo se lleva a casa. El house working solo hizo visible esa interdependencia que siempre estuvo ahí.

También pienso en los hijos. Muchos crecieron viendo a sus padres frente a una pantalla, pero también tuvieron la oportunidad —si supimos aprovecharla— de vernos como personas reales, con dudas, errores y aprendizajes. El mensaje que les dejamos no fue solo sobre productividad, sino sobre cómo habitamos la vida. ¿Les enseñamos que el éxito es estar siempre ocupados o que es posible trabajar con sentido y cuidar los vínculos?

Hoy, cuando muchas empresas replantean esquemas híbridos y las familias intentan volver a “la normalidad”, me pregunto si realmente queremos volver a lo de antes. Tal vez el house working no fue un paréntesis, sino un maestro incómodo que vino a mostrarnos lo que necesitaba ser reformado. Tal vez el verdadero trabajo no era remoto, sino interno.

Creo firmemente que la casa puede ser un lugar de trabajo digno sin dejar de ser hogar, pero eso requiere conciencia, acuerdos claros y una ética del cuidado. Cuidar el tiempo, cuidar la palabra, cuidar el silencio. Cuidar al otro y cuidarnos. No es fácil, pero es profundamente transformador.

Cierro esta reflexión con una certeza que me ha acompañado durante décadas: la empresa más importante que dirigimos es nuestra vida, y el primer equipo de trabajo es nuestra familia. Si ahí no hay coherencia, ningún éxito profesional será suficiente. El house working nos dio la oportunidad de alinear lo que hacemos con lo que somos. Depende de nosotros no desperdiciarla.

Si esta reflexión resonó contigo, no la guardes solo para ti. Compártela con alguien de tu familia, con un colega o con un amigo que esté buscando equilibrio en medio del ruido. Y si sientes que es momento de conversar más a fondo, de ordenar ideas o de repensar tu forma de trabajar y vivir, te invito a agendar una charla conmigo. A veces, una conversación consciente es el primer paso para transformar una casa, una empresa y una vida.
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Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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