Durante años vi cómo personas brillantes, técnicamente impecables, con títulos, cargos y reconocimiento, llegaban a un punto de quiebre que no entendían. No era falta de dinero. No era falta de oportunidades. Era algo más profundo: habían perdido la conexión entre lo que hacían y lo que eran. Y cuando eso ocurre, la vida empieza a pasar factura de formas sutiles: desmotivación crónica, decisiones automáticas, relaciones superficiales, empresas que funcionan pero no vibran.
El propósito no aparece como una revelación mística permanente. Aparece, muchas veces, como una incomodidad. Como una sensación de “esto ya no me representa”. Recuerdo un empresario con el que trabajé hace años. Tenía una compañía sólida, números sanos, empleados comprometidos. Pero cada lunes se enfermaba. Literalmente. El cuerpo decía lo que la mente no se atrevía a aceptar: había construido algo exitoso para el mundo, pero ajeno a sí mismo. Cuando empezamos a trabajar no desde el plan estratégico, sino desde su historia, desde sus valores, desde su forma de ver la vida, la empresa no solo se transformó; él volvió a respirar distinto.
He aprendido que el propósito no es un destino, es una forma de caminar. No es una frase para colgar en la pared ni un eslogan corporativo. Es coherencia. Es cuando lo que piensas, lo que sientes y lo que haces empiezan a alinearse, aunque eso implique decisiones difíciles. Desde mi experiencia como ingeniero de sistemas y administrador de empresas, puedo decirlo con claridad: ninguna tecnología, ninguna metodología, ningún modelo de negocio sostiene en el tiempo una organización que no tiene propósito vivo. La tecnología acelera lo que ya eres; si no sabes quién eres, solo te pierdes más rápido.
En los últimos años he visto cómo la inteligencia artificial entra a las empresas con una velocidad impresionante. Muchos la miran con miedo, otros con fascinación. Yo la miro como un espejo. La IA no viene a reemplazar el propósito humano; viene a evidenciar quién lo tiene y quién no. Porque cuando automatizas procesos, cuando optimizas decisiones, cuando reduces fricción operativa, lo que queda al descubierto es la intención real. ¿Para qué existes como empresa? ¿Para qué lideras? ¿Para qué te levantas cada día?
Aquí es donde conecto lo invisible con lo práctico. Desde herramientas como el Eneagrama he visto cómo los patrones de personalidad influyen directamente en la forma de liderar, de emprender y de relacionarse con el dinero y el poder. Desde la numerología, y en particular desde mi Camino de Vida 3, entendí algo clave: comunicar no es hablar mucho, es expresar verdad. Y el propósito se expresa, no se impone. Se vive en la forma en que tomas decisiones cuando nadie te está mirando, en cómo tratas a tu equipo en los momentos de presión, en cómo eliges crecer sin traicionarte.
Culturalmente, en Colombia y en Latinoamérica, nos enseñaron a “salir adelante” a como dé lugar. A aguantar. A no quejarnos. Eso formó generaciones resilientes, sí, pero también profundamente desconectadas de sí mismas. Hoy veo una generación más joven que pregunta “¿para qué?” antes que “¿cuánto?”. Y lejos de ser una debilidad, es una oportunidad histórica. Las organizaciones que no entiendan esto no fracasan de inmediato, pero se vuelven irrelevantes lentamente.
Desde Todo En Uno.Net, desde la Organización Empresarial Todo En Uno.Net, he acompañado procesos donde el verdadero cambio no empezó con un software, sino con una conversación honesta. Donde redefinir el propósito permitió reorganizar áreas, rediseñar servicios, incluso decirle no a clientes que no estaban alineados con la visión. Eso, paradójicamente, fortaleció el negocio. Porque cuando el propósito está claro, las decisiones dejan de ser reactivas y se vuelven conscientes.
El propósito también atraviesa lo espiritual, pero no desde la religión impuesta, sino desde el sentido. Desde la pregunta por el impacto. ¿Qué dejo después de mí? ¿Qué transformo con mi trabajo? En espacios como Amigo de ese ser supremo en el cual crees y confías o Mensajes Sabatinos, he escrito muchas veces que el verdadero éxito es poder mirarte al espejo sin negociar tu esencia. Esa misma lógica aplica a las empresas. Una organización con propósito no es perfecta, pero es auténtica. Y la autenticidad, hoy, es el activo más escaso.
He visto líderes que, al reconectar con su propósito, mejoraron su salud, sus relaciones y, curiosamente, sus resultados financieros. No porque persiguieran el dinero, sino porque dejaron de huir de sí mismos. Cuando el propósito aparece, el trabajo deja de ser solo un medio y se convierte en un canal de servicio. Y servir no es sacrificarse; es poner lo mejor de ti al servicio de algo más grande.
Si hoy sientes que haces mucho pero significas poco, no es una falla. Es una invitación. El propósito no te exige renunciar a todo; te pide honestidad. Te pide revisar qué partes de tu vida y de tu empresa ya no están alineadas. Te pide valentía para ajustar el rumbo antes de que el cuerpo, la mente o el negocio te obliguen a hacerlo.
El propósito no grita, susurra. Pero cuando lo escuchas, ya no puedes hacerte el sordo. Y cuando decides vivir desde ahí, todo —la tecnología, la estrategia, el liderazgo— empieza a ordenarse de una forma que no se puede explicar solo con indicadores. Se siente. Y cuando algo se siente verdadero, suele serlo.
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