Mundos distintos / En consulta con Álex

Cuando tenía ocho años, la vida era fácil y mis días eran muy sencillos: iba al colegio, hacía tareas, jugaba con mis barbies y me acostaba a dormir. Cuando salíamos a comer con mis papás era todo un evento, nunca me preguntaban a dónde quería ir ni qué quería comer, pero yo era feliz porque sentía que me estaban premiando al dejarme compartir el mundo de los adultos.

Hoy, mi hija no tiene ni idea del placer que es tirarse al piso a jugar yases o sentarse a jugar a las barbies; ella no se imagina la vida sin Internet ni celular.

En ese entonces, cuando mi mamá no me daba permiso de hacer algo, nunca le pregunté “¿por qué no?”; entendía que una orden de ella no necesitaba explicación. Hoy, mi hija no acepta un “no” rotundo de parte mía. Ella, al igual que la mayoría de los niños de ahora, da por hecho que se merece una explicación detallada y coherente.

La tecnología que nos embiste a muchos adultos, ellos la dominan casi desde el nacimiento. Antes pensábamos que nuestros padres lo sabían todo, hoy son nuestros hijos quienes nos enseñan a poner la foto en el perfil del celular, a bajar música para el iPod y a subir aplicaciones al iPad. Ellos están en control de lo que es considerado lo más pertinente y más valioso: la tecnología.

Este fenómeno social, que parece insignificante, les ha dado a nuestros hijos un poder impresionante sobre nosotros: se consideran más inteligentes, más vivos y más sagaces. Nosotros somos unos “bobos” que no entendemos la importancia de bajar un ringtone o “tagear” fotos en Facebook. Así las cosas, ¿cómo porqué nos deben respetar si somos tan elementales?

En este mundo actual, que se mueve a un millón por segundo y donde nos abruma la información y la tecnología, es cuando nuestros hijos más necesitan saber que como padres estamos en control. Ellos necesitan la afirmación que hay alguien que tiene las riendas y no va soltarlas por más pataletas que ellos hagan ni por más aparatos que ellos dominen.

Me duele un poco que se haya perdido esa sencillez y ese ritmo pausado de mi niñez, como gozar jugando al escondite o llegar a mi casa y preguntar “¿alguien me ha llamado?”. Pero más que todo, me duele que la juventud actual no sienta ese gran respeto por los papás, porque ese sustito que le teníamos a ellos nos hacía pensar dos veces antes de subirles la voz, decirles mentiras o hacer algo indebido, pero más que todo, nos daba una enorme sensación de seguridad.

Qué maravilla que los jóvenes de hoy tengan carácter, inteligencia y sean tan sagaces en tantas cosas que nosotros ignoramos, pero ojalá no perdamos de vista que la seguridad no nos la puede dar un “i-algo” ni un mensaje instantáneo, nos lo dan los valores sólidos y los límites claros, que solo como buenos padres podemos dar.

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Julio Cesar Moreno Duque

soy lector, escritor, analista, evaluador y mucho mas. todo con el fin de aprender, conocer para poder aplicar a mi vida personal, familiar y ayudarle a las personas que de una u otra forma se acercan a mi.

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